Un objeto sólido que fluye. En la más reciente novela de Amaury Colmenares, Acequia (Severo editorial, 2024), ganadora de la primera edición del Premio Hispanoamericano de Narrativa Las Yubartas, hay una cita de Borges que recompone la lectura, como pasa en muchos de sus pasajes.
«Mientras no abrimos un libro, ese libro, literal y geométricamente, es un volumen, una cosa entre las cosas; aun para un mismo lector el mismo libro cambia ya que somos el río de Heráclito y quien leyó ayer ya no es la misma persona que lee hoy o que leerá mañana y por lo tanto tampoco el mismo libro…».
Dentro de los sólidos que fluyen puede haber mapas. Acequia es a ratos un plano de Cuernavaca, con sus trampantojos, su ironía, su rareza. La capital del Estado de Morelos en la novela de Colmenares se compone de piezas que se reflejan y que, gracias a las partes metaliterarias, completan la ilusión de que quien las diseñó lo hizo a través de cálculos, de laberintos. El narrador describe: «a veces se siente uno como que anda en una ciudad que se le rompió a alguien y trató de volver a armarla sin recordar dónde iban las piezas».
Hay un juego con las tramas y la superposición del pasado objeta el futuro. Es en esa condición inasible del presente que se cohesiona la historia y sus pasajes intersecados. «A la gente le fascina lo incompleto –dice Vanessa, la restauradora encargada de la cabellera de la Virgen en uno de los fragmentos–, lo que sigue en curso, lo pendiente, cualquier cosa que prolongue el presente en un devenir continuo hacia continuo porque así es la vida misma».
También hay una pulsión herética en el suspenso de la novela. Vanessa no es católica y es la responsable de la desaparición del Inmaculado corazón, pero la conmueve «el desplante de fe de la gente que salió a buscar los fragmentos apócrifos». Quiere que sus palabras se consideren, por lo cual vuelve a desaparecer otra de las piezas, acaso motivada por el lenguaje.
El autor ha contado que Lucía Pensamiento fue el primer personaje con el que dio. Huyó de la redacción del periódico donde trabajaba «para ir a comprar dulces al supermercado y me encontré con una mujer cautivadora y enigmática, una de esas personas con un aura excepcional, y me dio mucha curiosidad saber a dónde se dirigía», le dijo al diario boliviano Los Tiempos. Cuando ella entró a un despacho de abogados, nació la diseñadora de jardines que vendió muy bien un tratado gracias a las iniciales J. L. P. Borges.
Disquisiciones sobre el humor
Hay un ensayo dentro de Acequia. Se trata de reflexiones sobre el humor, la risa: «el primer uso impráctico de la palabra», «el equivalente místico del fuego». Amaury Colmenares ha contado —–en el podcast uruguayo A ritmo de tanco, de Radio Carve– que esos aforismos se convirtieron en un ensayo disfrazado sobre la literatura. «Son certezas personales sobre el humor, sobre cómo funciona para mí el sentido del humor, que es una anomalía, una sofisticación, desfase del pensamiento racional. Y eso es precisamente el arte».
El engaño toma sentido alrededor del comediante Carlos Altaflores. El chiste «es como un pinche chicle, un diminuto sólido que cuando te lo metes a la boca se hace un desmadre que empeora conforme lo masticas y que, si eres conspicuo, puede llegar a ser una hermosa bomba». La experiencias y temores no sólo modelan la risa cuando se percibe la anécdota; su presencia puede «modificar la realidad»: ser poesía; o cuento que «es como una torta” o novela que “es como un caldo».
En esa mezcla de sabores queda hacer la prueba, al cabo que Acequia es la muestra de la vitalidad del libro en una decena de países.
*Publicado originalmente en:
https://www.expreso.ec/ocio/cuernavaca-fluye-lenguaje-novela-acequia-225363.html



