Quisiera ubicar la figura de Daniela Alcívar Bellolio, como ensayista y como intelectual pública, en un punto equidistante entre dos categorías o conceptos muy aludidos y trabajados en el horizonte de la crítica cultural contemporánea (y que podrían pensarse, de hecho, como dos ejes crítico-conceptuales en apariencia antitéticos): la noción de acontecimiento y la de proyecto. Ocurre que la publicación, en 2016, de Pararrayos, el primer libro de piezas ensayísticas breves de Daniela, puede leerse, en efecto, como un acontecimiento en los bien conocidos términos que Alain Badiou establece para repotenciar filosóficamente esta idea: una disrupción, un Kairós que interrumpe el manso o, incluso, el ya esclerótico continuum de hechos y fenómenos en el plano político, amoroso, estético o espiritual. Creo no estar exagerando: Cuando Daniela empezó a publicar constatamos la emergencia de una voz genuinamente idiosincrática, la sedimentación de una elegancia argumentativa y la vocación por el riesgo conjetural inherentes al ensayo en tanto expediente subjetivo, cuestiones que configuraban una inflexión escrituraria más bien inédita en el panorama literario ecuatoriano de los años precedentes. Subrayo esa coyuntura editorial para emparentar sus alcances y connotaciones con el libro que presentamos hoy, el cual arranca proponiéndose como una intervención explícita dentro de nuestro campo cultural, en defensa del ensayo en su acepción adorniana: aquella escritura, aquella tesitura formal (y tonal) que hace aparecer en su avance el objeto de su intimación:
“Si me fuera dado explicitar lo que quiero del ensayo en términos sociológicos y culturales, es decir, lo que deseo que el ensayo haga en nuestro medio, diría esto: que genere un espacio hospitalario para el arduo —pero involuntario— trabajo de la pérdida de la identidad en la escritura. Vale decir: que forme parte de un proceso de descomposición, que socave el sentido común, que lo roa, que lo torsione, que lo lleve a crisis —así sea momentáneamente—. Un deseo entrañable: que los ensayos por venir abran el espacio para una conversación infinita, cuyo germen pueda adivinarse en los silencios que son imprescindibles en la escritura y en el lenguaje en general, la conversación que se da solo entre las palabras, a pesar de ellas, en la comunicación inaudita que suscita el sustrato inexperimentable de todas las experiencias”.
Ahora bien, ese sustrato inexperimentable de toda experiencia, lejos de conducir a la clausura o la neutralización del lenguaje y sus apuestas, lo que hace, precisamente, es espolearlo quizá en el sentido lacaniano de que el arte (y, entiéndase, el arte de ensayar) es lenguaje a la segunda potencia. Se trata, entonces, de una concepción de la escritura concomitante -polémica y propositivamente- con unas políticas de la lectura enarboladas siempre a contrapelo del paper ampliado o de los ejercicios meramente gramatológicos que buscan zanjar el sentido unívoco, idéntico a sí mismo, de los objetos textuales. He allí el ambicioso proyecto de Daniela, el cual viene sosteniendo, concienzudamente, tanto en su calidad de escritora como de gestora cultural: reivindicar las genealogías de la aventuraensayística como aquellas que bordean las oquedades de todo lo que se resiste a ser subsumido enteramente por el decir, y que en esa condición indecible (e indecidible) se ocupan de aquello cuyaimagen presentificada no cesa de brotar e, inmediatamente, escaparse: la muerte, el amor, la verdad sinestésica de un mundo que rebasa y desestabiliza nuestras nomenclaturas. En ese sentido, Daniela -y esto fue algo que le dije hace diez años, cuando presenté otro de sus libros- actúa como un filósofo del realismo especulativo (aunque de filiación inquebrantablemente post-estructuralista), aseverando que la organicidad farragosa del mundo existe más allá de la sanción de la conciencia humana: las cosas no existen porque las ontologicemos vía la certidumbre de nuestra inteligibilidad (y legibilidad), sino que nos rebasan en una materialidad incombustible al lenguaje, a cualquier mirada, y es justamente en ese intervalo entre la presencia de las cosas y lo que somos capaces de decir sobre ellas, con la puesta en crisis de cualquier representación, con el acaecimiento de imágenes nunca abroqueladas en sí mismas sino abocadas a una especie de desborde semántico y conjetural, que ocurre lo más potente de la escritura, la instancia condensada y oferente de la letra y de la voz en sentido ampliado. Daniela plantea esto, muy sugestivamente, también en términos de espacialidad:
¿Qué somos en relación con el espacio, qué lugar podemos ocupar en la azarosa infinitud del universo? Parecen preguntas grandilocuentes pero la magnitud hiperbólica de sus elementos principales disimula una simpleza desconcertante, más misteriosa que cualquier trama trabajada para la intriga. Quizá haga falta formular la pregunta lo más modestamente posible, tal como recuerdo habérmela hecho a mí misma ante el inagotable espacio estrellado de Chivilcoy: ¿cómo se mira este cielo? La limitación de la mirada se hacía más evidente cuando alguien exclamaba haber acabado de ver pasar una estrella fugaz que el resto se perdió. Por eso, de ese cielo, no tengo fotos: más allá de la imposibilidad técnica, era evidente la inutilidad del registro. Se trataba ahí, para mí, de que todo, salvo una ínfima parte, ocurría a mis espaldas, al abrigo de cualquier mirada.
Mirada y acontecimiento; rebasamiento material y (gozosa) pérdida de la identidad subjetiva; experiencia y representación, espacio y lenguaje: he allí algunos de los vectores, de las dicotomías que organizan las preocupaciones de este libro. Pero permítanme por un instante volver a la noción de acontecimiento, a la idea de Badiou según la cual éste tiene lugar en los planos de la política, la estética y el amor. Me parece que estos tres ejes son transversales a toda la escritura de Daniela Alcívar Bellolio. Hay, por ejemplo, una palabra que la autora repite constantemente cuando se refiere a la existencia del mundo más allá de la inteligibilidad y de la consignación narrativa determinada por el régimen de la conciencia: habla de una fuerza “impersonal”. Un lector poco atento podría equiparar este término con disposiciones tales como la “indiferencia” o, incluso, la “indolencia”. Pero lo que Daniela parece estar diciendo es que, inexcusablemente, el descentramiento de nuestra propensión a capturarlo todo dentro del sentido y del relato, el reconocimiento de un mundo huidizo, esquivo en su opacidad (y luminosidad) de imagen, es lo que constituye las condiciones de posibilidad para una política real de la lengua literaria. Una lengua que, consciente del destello inefable, indaga en el amor, matizado de melancolía, desplegado en estas páginas en sus causas y azares dentro de un registro amplísimo de posibilidades, ateniente a las ciudades entrañables de la infancia (dos estupendos ensayos en torno a Guayaquil y Quito), a las ausencias/presencias dolorosas y encarnadas, perennes; incluso a las infraestructuras lascadas por la espera. De allí que Daniela asegure que “El recuerdo —y no la memoria— es la misteriosa materia de la vida: un residuo lleno de azar, desprendido de lo indistinto primordial”, y sea capaz de regalarnos, por ejemplo, una de las “descripciones” más elegantes del río Guayas que hayamos leído; un dispositivo de condensación de sus inquietudes filosóficas en lo concerniente a esas contingencias afectivas -y epistémicas- del pasado y las imágenes que les son consubstanciales. Insisto: en lo concerniente a la presentificación, modesta pero inapelable, de un imaginario siempre en fuga “y sin embargo patente”. Prestemos atención a la belleza rítmica de esta prosa:
Ante mí, la imagen de la ría se fuga hacia un punto amplio que es el horizonte gris y marrón del cielo y del agua, y se confunde con la textura de los días de mi niñez. Un puente que hunde a intervalos regulares sus columnas en la corriente opaca y tranquila, a lo lejos. Más cerca, cómodamente visible desde el cuarto piso en el que estoy, la vegetación frondosa interrumpe con su quietud verdísima y fotográfica —apenas avivada algunas veces por la brisa— el monótono y lento fluir del agua. Acacias rojas, ficus centenarios que elevan sus raíces hasta más allá de la superficie terrestre y surcan el aire, palmeras, mangos, neems, guayacanes, tecas y otros árboles cuyos nombres desconozco (…) me hacen pensar en eras jurásicas, en algo anterior a la historia que persiste en esta ciudad donde nací. Imagino que casi desde el inicio del lenguaje, el correr del agua, más salvaje o más calmo, más raudo o más anodino, despertó en la gente de mi estirpe —seres distraídos e inclinados a dejarse fascinar por los fenómenos del mundo— esta inquietud serena pero persistente, esta melancolía casi alegre provocada por la forma en que las cosas se resisten a ser nombradas.
Si las nomenclaturas que nos ayudan a darle densidad al mundo se ven perturbadas por la experiencia, cruda o febril, familiar o epifánica, la tensión entre registro representacional y límite formal del lenguaje deviene uno de los problemas ensayísticos centrales de este libro. No obstante, el tratamiento de dicho problema sólo resulta viable cuando se ensaya (y aquí el reflexivo es crucial, porque uno ensaya y se ensaya a sí mismo) desde las coordenadas éticas y estéticas -en amplio sentido- de la afectación (y desde la conciencia de dicha afectación), esto es: desde un cierto pathos, un cierto estremecimiento somático de la H/historia que propicia, o precipita, el tanteo y el ritmo de la escritura conjetural que apuesta por otras temporalidades. En El misterio de la simple concomitancia, el ensayo más académico y teórico de este libro, Daniela logra con verdadera brillantez -a propósito de su admirado Roland Barthes y sus reflexiones sobre el hecho fotográfico- una ilación amor-muerte-imagen-tiempo, demostrando uno de los picos más altos de su talento argumentativo y sagacidad interpretativa:
“Veo en «Chateaubriand: Vida de Rancé» un germen de esta suerte de perplejidad y también de esta suerte de piedad o amor que se va a expresar de modo explícito en La cámara lúcida muy hacia el final, cuando recuerda a Nietzsche abrazando por el cuello a un caballo martirizado, esta imagen tan patética —en el sentido barthesiano— y querida para él: la del amor que se siente por algo que está muriendo. Este algo puede ser la literatura, puede ser la madre [en este caso, la de Barthes] o puede ser lo humano mismo, él mismo, como en La cámara lúcida, donde el noema de la imagen fotográfica y todo el aparato teórico-afectivo que llevó a descubrirlo se encuentra en el trastorno que la imagen realiza en el Tiempo. En la fotografía se tropiezan dos tiempos irreconciliables que son el pasado y el futuro. El pasado donde lo fotografiado estaba vivo y el porvenir (encerrado en la misma imagen, escandalosamente) donde lo fotografiado ya ha muerto. No hay síntesis, pero este presente continuado hecho de pasado y porvenir (el futuro anterior, hermosa paradoja gramatical con que Barthes bautiza este tiempo absoluto de la fotografía) para él expresa lo intratable de la realidad en un presente otro”
Hablar de un “aparato teórico-afectivo” ante un presente que es, siempre, otro, tiene, entonces, absoluta pertinencia para reflexionar sobre el proyecto de escritura de Daniela Alcívar o, para decirlo con sus palabras, para aludir a “esa alquimia de puro paisaje”, si asumimos el galope de su prosa, espléndido y conmovido, como un itinerario de la inteligencia, de viñetas autobiográficas y sombras conceptuales que vemos cruzar a lo lejos, en un plano general, imbricando imágenes críticas, energéticamente materiales; engendrando, pues, paisajes de una extrañeza clara y contundente. Como me parece que ya adelanté, esta ciencia de objeto único se cierra con una hermosa reflexión sobre la espera (la espera amorosa, vitalista, luctuosa); sobre el esquirlado tiempo que ciñe a quien, en la espera, de cualquier índole, se abisma. No quisiera cerrar con un lugar común y decir que la espera ha valido la pena, pero es prácticamente inevitable: la vuelta al ensayo de Daniela Alcívar Bellolio no hace sino ratificarla como uno de los nombres imprescindibles del pensamiento crítico en este país.

© Florencia Luna



